Lo confieso: mi mayor enemigo en la oficina no fue nunca el Excel interminable ni las juntas que pudieron ser correos. Fue la mesa común de antojos, ese altar infernal donde aterrizaban galletas, papitas, pastelillos envueltos en plástico y —ocasionalmente— el misterioso “pan de cumpleaños” que nadie sabía de quién era, pero todos comían. El …
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